EL CUERPO HABLA LO QUE LA MENTE CALLA: ¿QUÉ ES LA SOMATIZACIÓN?

El término “somatización” hace referencia al hecho de manifestar el malestar psicológico o emocional en forma de síntomas físicos en ausencia de una enfermedad médica o alteración orgánica que los justifique (Kurlansic, 2016). Seguramente puedas identificar algún momento a lo largo de tu vida en el que tú mismo has somatizado. Por ejemplo, algún momento en el que hayas pasado por una situación emocionalmente complicada (un periodo largo de exámenes o con más carga de la habitual en el trabajo, una ruptura sentimental, la enfermedad grave de un familiar, el fallecimiento de un ser querido, etc.) y has sentido malestar físico como consecuencia de ello (fatiga, dolores de cabeza, dolores de estómago, naúseas…).

Si bien cualquier persona en un momento determinado de su vida puede somatizar (sin ser esto algo patológico), otras pueden llegar a desarrollar un trastorno diagnosticable. Así, el trastorno de síntomas somáticos se caracteriza por el padecimiento de uno o varios síntomas físicos que pueden involucrar una sola o diversas áreas corporales y que generan un malestar o problema significativo en la vida de la persona. Además, las personas con este tipo de trastorno presentan pensamientos recurrentes y desproporcionados sobre la gravedad del síntoma, ansiedad acerca del mismo (o su estado general de salud) y/o invierten tiempo y energía en actividades relacionadas con el cuidado del síntoma (o su estado general de salud). A pesar de que el síntoma puede no estar presente de forma continuada, éste debe aparecer de manera persistente durante más de seis meses para que pueda diagnosticarse este trastorno (American Psychiatric Association, 2013).

Actualmente se estima que alrededor de un 4-7% de la población general presenta este tipo de trastorno, pudiendo aparecer tanto en la infancia o adolescencia como en la edad adulta. No obstante, lo más habitual es que aparezca entre los 20 y los 30 años de edad. Además, se ven afectadas más mujeres que hombres (con un ratio 10:1), lo que se cree que podría estar al menos parcialmente explicado por la existencia de una mayor tendencia a comunicar los síntomas somáticos por parte de las mujeres que por parte de los hombres. Asimismo, este trastorno se da con mayor frecuencia en personas de bajo nivel educativo y estatus socioeconómico (Kurlansic, 2016; Velasco-Morán, 2019), siendo su comorbilidad común con trastornos depresivos y de ansiedad (Velasco-Morán, 2019).

Los síntomas físicos más habituales en este tipo de trastorno son de carácter (Velasco-Morán, 2019):

  • Gastrointestinal: dolor o hinchazón abdominal, náuseas, vómitos, diarrea, úlceras…
  • Cardiopulmonar: dolor torácico, mareos, disnea (dificultad para respirar), palpitación acelerada, hipertensión arterial…
  • Sexual: dismenorrea (dolor menstrual), menstruación irregular, dispareunia (relaciones sexuales dolorosas), disfunción eréctil, pérdida de deseo sexual…
  • Neurológico: debilidad muscular, convulsiones, amnesia, desfallecimiento, cefaleas, disfagia (dificultad para tragar)…

En lo que respecta a la etiopatología del trastorno por síntomas somáticos, ésta no está del todo clara. Sin embargo, se han identificado diversos factores de riesgo que podrían favorecer el desarrollo de síntomas somáticos severos de forma crónica, los cuales incluyen haber sufrido una situación de negligencia o carencias afectivas durante la infancia, experiencias traumáticas, situaciones de maltrato, abusos sexuales o eventos vitales estresantes, haber consumido alcohol u otras drogas de forma abusiva, presentar un trastorno de personalidad o vivir en lugares en los que sufrir y mostrar malestar emocional está mal visto. Además, una vez ha aparecido el síntoma somático, los beneficios asociados a la condición de estar enfermo (beneficios económicos, atención y apoyo social por parte de los seres queridos, evitación de responsabilidades…) pueden favorecer su mantenimiento en el tiempo (Velasco-Morán, 2019). También es habitual que las personas que padecen este tipo de trastorno presenten alexitimia, es decir, dificultad para identificar y expresar emociones. De este modo, al no ser capaces de identificar qué emoción están sintiendo, de expresarla o de verbalizarla, se produce la somatización, reflejándose el malestar psicológico a nivel físico (Velasco-Morán, 2019). En este sentido, el cuerpo acaba expresando el malestar que la mente es incapaz de expresar por sí misma.

La evolución de este tipo de trastorno suele ser crónica, pero fluctuante, intercalándose periodos sintomáticos con periodos asintomáticos. Sin embargo, aproximadamente en el 50% de los casos puede observarse una mejora significativa del trastorno a lo largo del tiempo (Velasco-Morán, 2019). Además, se han identificado diversos factores indicadores de un buen pronóstico, como por ejemplo haber presentado una aparición repentina (no gradual) del síntoma físico, tener un buen estatus socioeconómico, la ausencia de trastornos de personalidad o presentar una respuesta positiva al tratamiento para la depresión o la ansiedad (Velasco-Morán, 2019).

Se estima que al menos un 17% de los pacientes que acuden a consulta de Atención Primaria lo hacen debido a un trastorno de síntomas somáticos (Velasco-Morán, 2019). En muchas ocasiones, dado que el síntoma manifestado es de carácter físico se prescriben tratamientos que intervienen sobre las posibles causas orgánicas de éste, en lugar de sobre su verdadero origen psicológico. Esto conlleva que en las personas con este tipo de trastorno los tratamientos prescritos no tengan efecto alguno, acumulando este perfil de pacientes largos historiales de consultas, pruebas diagnósticas y tratamientos sin hallar la solución a su problema. En este sentido, una adecuada detección de este tipo de afectación desde los servicios de Atención Primaria es especialmente importante, debiéndose derivar posteriormente a la persona al servicio de salud mental correspondiente. Finalmente, una vez el paciente ha sido derivado a este servicio podrá recibir tratamiento farmacológico con antidepresivos o ansiolíticos (en aquellos casos en los que haya comorbilidad), así como una intervención psicoterapéutica adaptada a la persona y al origen de los síntomas presentados.

Bibliografía

American Psychiatric Association (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales DSM-V. Barcelona: Masson.

Kurlansik, S. L., & Maffei, M. S. (2016). Somatic symptom disorder. American family physician93(1), 49-54.

Velasco-Morán, M. T., García, L. S., & Cabeza, I. G. (2019). Trastornos somatomorfos y facticios. Medicine-Programa de Formación Médica Continuada Acreditado12(84), 4929-4937.

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