El papel de la ira en la depresión (por Oihane Segura, psicóloga de Psicología Amorebieta)

¿Qué es la ira?

La ira es una emoción que se incluye dentro de las emociones básicas junto con la alegría, la tristeza, la sorpresa y el rechazo (Ekman, 1984). Se experimenta como una respuesta fisiológica que varía en su intensidad, desde una irritación leve hasta una ira intensa. El  cuerpo se activa para la defensa o el ataque ante estos estímulos. Cuanto se siente esta emoción, el ritmo cardiaco aumenta, la respiración se acelera, nuestros músculos se tensan, aumenta la secreción hormonal y el flujo sanguíneo se dispara preparándonos para actuar ante una amenaza real o percibida. Esto predispone a  protegerse de aquello que supone una amenaza o de la misma forma a atacarlo  (Cacioppo, Klein, Berntson y Hatfiel 1993). A medida que la persona crece, las exigencias del entorno se hacen más complejos, estos modulan y evolucionan  la forma de expresar la ira. Cobran mayor importancia las variables relacionadas con la interpretación de los eventos o de las situaciones que ocurren en el entorno (Mascolo y Griffin, 1998).

¿Cómo se genera la ira?

La ira, al igual que otras emociones,  se genera cuando nos sometemos a estímulos que generan estrés y nos mueven pensamientos e ideas que conllevan en una mayor activación. Muchas veces se debe a creencias irracionales muy arraigados en nuestro psique. Uno de ellos son las creencias nucleares donde hay implícito una exigencia, una obligación o un debería, en la forma de percibir, la forma de pensar, de relacionarse o ver a los demás (debería, tendría que, tengo que,…). Además, de esto, hay otras formas en la que la realidad y la interpretación de esta se distorsionan. La tendencia a exagerar las consecuencias de los hechos o dar un valor concreto en función de determinadas acciones, valores, emociones etc. y a clasificarlos en un rango de extremos (pensamiento dicotómico), nos puede llevar a filtrar aspectos concretos de nosotros mismos, las situaciones o las personas desde una perspectiva negativa que puede aumentar la reacción que tenemos antes dichos estímulos estresantes. Otro aspecto importante, es la tendencia a pensar que las emociones que uno siente en un momento determinado son un claro indicativo de la realidad en lugar de ser el  resultado de cómo nos sentimos en esa época y esto puede llevarnos a una vorágine de afectos que juegan en contra de uno mismo. De la misma forma que asumir que algo está relacionado directamente con uno mismo también puede llevar a interpretaciones equívocas.  En todo este ciclo, los pensamientos se activan y generan una mayor tensión llevando a su vez, a que los pensamientos activadores sean mayores. Finalmente, la persona acaba dirigiendo la ira de forma desmedida, inapropiada o con las personas equivocadas, incluido con uno mismo (Ellis y  Grieger, 1981).

Ira y depresión

En relación a la depresión, autores han sugerido que los conflictos sobre la ira pueden tener un papel central en el desarrollo de esta patología (Pérez, Delgado y Leon, 2008). La ira en la depresión, puede conducir a una serie  de resultados negativos tales como una pobre evaluación de otros, disminución de la autoestima, conflictos interpersonales e inadaptación ocupacional (Busch, 2009).

A menudo, proviene de la vulnerabilidad narcisista, donde, hay una sensibilidad a la pérdida o rechazo tanto percibido como real. Estas reacciones de enfado o de ira, causan conflictos intrapsíquicos y a estas, les sigue la culpa y el miedo a que estas emociones negativas afecten en sus relaciones interpersonales. (Busch, 2009). Por ello, se activan mecanismos de defensa donde la agresión se dirige al interior de uno mismo y tratar así de suprimirlos, dañando significativamente la autoestima. Con esto, la persona tiende a la rumiación, Este círculo se repite y la distorsión negativa sobre uno mismo es cada vez mayor (Salovey, Bedell, Detweiler y Mayer, 1999).

Hay ciertos mecanismos de defensa que hacen que la ira sea a suprimida y sea orientada en otras direcciones tales como la agresión pasiva, la formación reactiva, es decir, la ira es compensada con otra emociones, la negación como mecanismo para rechazar la existencia de los sentimientos de enfado y la identificación con otro agresor para sentir que se tiene el control de la situación al contrario que la otra persona. Estos llegan a ser ineficaces a la hora de manejar los  conflictos internos llevando a la expresión inadecuada de la ira. También implica un significado deterioro del estado de ánimo producido por el daño emocional que supone el manejo inadecuado de los estímulos que provocan enfado (Bloch 1993).

Referencias

 

Busch, F. (2009). Anger and depression. Advances in Psychiatric Treatment, 15(4), 271-278.

CacioppoJ.T., Klein, D.., Berntson, G. . y Hatfiel, E. (1993). The psychophysiology of emotion. Handbook of Emotions. The Guilford Press.

Ekman, P. (1982). Emotions in the human face. New York: Cambridge University Press.

Ellis, A. & Grieger, R. (1981). Manual de terapia racional-emotiva. Bilbao.

Mascolo M.F. y Griffin, S. (1998). Alternatives trajectories in the development of anger-related appraisals. What develops in emotional development?. New York: Plenum Press.

Salovey, P., Bedell, B.T., Detweiler, J.B. y Mayer, J.D. (1999). Coping intelligently: emotional  intelligence and the coping process. New York: Oxford University Press

Pérez, M., Delgado, M. y Leon, L. (2008). Aproximaciones a la emoción de ira: de la conceptualización a la intervención psicológica. 11(28).

 

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