“El síndrome del impostor”, cuando nos convertimos en nuestro mayor enemigo

El concepto del “síndrome del impostor” es un término que se utiliza como referencia a cuando se siente que no somos merecedores de nuestros méritos. Cuando se tiene éxito, no se entiende dicho éxito como parte de un esfuerzo personal si no como algo que surge por casualidad o por suerte. Por ejemplo, si a uno es seleccionado en un puesto de trabajo, tiene la creencia de que ha sido porque en realidad no saben o no han descubierto defectos que solo uno mismo conoce y que se espera que nunca lleguen a descubrirlo. El miedo a “ser descubierto”, es aquello que genera el malestar.

Los que se sienten unos impostores se muestran muy benevolentes con los demás y tienden a compararse constantemente con ellos, saliendo perdedores de todas las comparaciones. No aceptan cuando se les hace una valoración positiva o hay evidencias externas de habilidades personales. Esto es una situación habitual cuando se enfrenta a eventos que puedan suponer un cambio importante como en la universidad, la entrada en el mundo laboral o al afrontamiento de un nuevo trabajo. No hace falta que la persona sea extremadamente perfeccionista o muy autoexigente para sentir esto.

Esto se debe a la tendencia a atribuir estos méritos a cuestiones como la suerte, las habilidades sociales, errores en la percepción de otros y las circunstancias. Al final, no es más que la externalización de los logros y la dificultad para aceptar las habilidades personales. El proceso que sigue la línea de pensamiento es el siguiente. Cuando la persona tiene en sus manos alguna responsabilidad, viene la preocupación. La respuesta a la preocupación puede ser de sobrepreparación o de postergación de la tarea. Ambas respuestas buscan un alivio de la angustia, pero, en el caso de que haya un feedback positivo, en el caso de la sobrepreparación, se puede atribuir menos valor al esfuerzo realizado y, en caso de la postergación, a la suerte.

Todo este proceso puede llevar al sentimiento de culpa, lo que contribuye, una vez más a la angustia, que se va a prolongar o incrementar cuando el ciclo comienza de nuevo. El éxito, no conduce a ninguna mejoría en la sensación de logro ni tampoco estimula la creencia de que uno tiene habilidades adecuadas.

Aquí sería interesante hablar de algunas creencias que pueden asociarse a este tipo de afrontamiento de situaciones. Por un lado, existe la creencia de que preocuparse excesivamente es un signo de responsabilidad. Por otro lado, puede existir una percepción de que las responsabilidades de uno tienen una dimensión mucho mayor que la real. Ambos estilos de percepción son inadecuados ya que solo llevan a la prolongación del malestar. Además, hay asociado cierto grado de sensación de incontrolabilidad sobre el ambiente.

Desde el punto de vista clínico, el síndrome del impostor se relaciona con síntomas como la ansiedad generalizada, depresión, falta de autoconfianza, baja autoestima y frustración ante la imposibilidad de cumplir con los altos estándares autoimpuestos. Además, las consecuencias que se pueden derivar varían desde la vivencia de una angustia vital  a la externalización de la angustia mediante el autosabotaje.

Afortunadamente, esta percepción, puede ir disminuyendo a medida que pasa el tiempo y la percepción de controlabilidad aumenta. Es conveniente trabajar aspectos tan relevantes como la tolerancia a la frustración, la autoestima, analizar los recursos individuales, manejar la culpa, establecimiento de parámetros realistas de las funciones individuales, comparaciones realistas o el establecimiento de estándares más asequibles.

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