ESTRÉS PROLONGADO, ¿CÓMO NOS AFECTA?

Se acerca el final del año, un momento clave para echar la vista atrás y hacer balance. Creo que no me equivoco si digo que este año 2020 que pronto despediremos ha resultado para todos/as, en mayor o menor medida, un año difícil.

Hemos tenido que lidiar con una situación de pandemia a nivel mundial que nos ha provocado una gran incertidumbre, dolor, preocupación, impotencia, frustración… estando distanciados de personas importantes en nuestra vida, e incluso en muchos casos, solos/as. Todo ello presente de una forma y otra, día a día, desde marzo.

No sé si nos damos cuenta de la magnitud y el impacto que esta situación tan excepcional que nos ha tocado vivir puede tener en nuestra salud. Una situación que además de excepcional, se sostiene en el tiempo y que conlleva múltiples repercusiones tanto personales, como sociales, económicas… Una situación que podríamos denominar como estresante.

Como ya se ha comentado en post anteriores de este blog, los estímulos aversivos y ciertas situaciones o acontecimientos vitales pueden resultar potencialmente perjudiciales para la salud mental y física de las personas.

¿Qué hace que una situación sea estresante?

  • La impredecibilidad de los acontecimientos
  • La incontrolabilidad de los acontecimientos
  • La falta de apoyo social (real o percibido)
  • Las estrategias de afrontamiento de las que dispongamos
  • La intensidad de los acontecimientos
  • La frecuencia con la ocurren
  • La duración de los mismos

En principio la respuesta de estrés es una respuesta adaptativa que el organismo pone en marcha ante las demandas del medio. Las respuestas fisiológicas que se desencadenan en situaciones que interpretamos como peligrosas, tienen el objetivo de prepararnos para luchar o para escapar.

Sin embargo, dependiendo de la intensidad, la duración y/o la frecuencia con la que nuestro organismo activa esas respuestas, pueden tener efectos adversos en nuestra salud. Por ejemplo, cuando las situaciones amenazantes son más continuas que episódicas, como puede ser en este caso, se puede producir una respuesta de estrés continua.

¿Qué pasa en nuestro cuerpo cuando estamos ante una situación que interpretamos como amenazante?

Puesto que las situaciones amenazantes generalmente requieren una actividad enérgica, las respuestas neurovegetativas y endocrinas asociadas son catabólicas, es decir, ayudan a movilizar las reservas energéticas del organismo. La rama simpática del sistema neurovegetativo se activa y las glándulas suprarrenales segregan adrenalina, noradrenalina y hormonas esteroideas relacionadas con el estrés.

Un pionero en el estudio del estrés, Hans Selye, sugirió que la mayoría de los efectos perjudiciales de este se debían a la secreción prolongada de glucocorticoides, entre los que destaca el cortisol. Aunque los efectos a corto plazo de los glucocorticoides son necesarios, sus efectos a largo plazo son perjudiciales.

A nivel físico estos efectos perjudiciales incluyen aumento de la tensión arterial, daño del tejido muscular, alteración de la respuesta inflamatoria y de la respuesta inmunitaria, entre otros. En definitiva, un aumento de la vulnerabilidad de nuestro organismo y del riesgo de padecer multitud de enfermedades.

Y más concretamente, ¿qué efectos tiene el estrés sobre nuestro cerebro?

Aunque el estrés prolongado puede producir problemas cardíacos, digestivos, inmunológicos… también tiene un efecto muy importante en nuestro cerebro, y se ha relacionado con numerosos trastornos psicológicos, como la ansiedad, el insomnio, problemas de apetito, cambios de humor, cefaleas, migrañas…y en especial con la depresión.

Nuestro organismo tiende a la homeostasis, al equilibrio, hormonalmente también. El cortisol es necesario para regular numerosas funciones. Pero cuando se rompe ese equilibrio, puede alterar numerosos procesos, tanto en la infancia como en la edad adulta.

Un dato preocupante que las investigaciones sugieren, es que la exposición prenatal o en las primeras etapas de la vida a niveles excesivos de glucocorticoides puede afectar al desarrollo cerebral, ocasionando alteraciones funcionales en el hipocampo y estructurales en la amígdala.

El estrés disminuye igualmente la tasa de supervivencia de las neuronas hipocámpicas producidas por la neurogénesis en la edad adulta.

Del mismo modo, se ha visto que el estrés crónico disminuye la potenciación a largo plazo en las conexiones entre el córtex prefrontal y el hipocampo y que estos efectos se asocian con un mal desempeño en tareas dependientes del córtex pre-frontal tales como la memoria de trabajo, la planificación y la flexibilidad comportamental

¿Qué podemos hacer ante esto?

La reacción psicológica ante una situación amenazante no sólo depende la intensidad y de las circunstancias del suceso, sino también de la edad, de las experiencias y sucesos estresantes vividos anteriormente, de la estabilidad emocional previa, de los recursos psicológicos propios, de la autoestima, del apoyo social percibido, de las cargas familiares, de la calidad de las relaciones afectivas…

No obstante, dada la incontrolabilidad de la situación, resulta de especial importancia que pongamos más atención a todos aquellos factores que dependen directamente de nosotros tales como: el ejercicio físico, una alimentación equilibrada, cuidar las relaciones sociales, hacer red con las personas de nuestro entorno planificar tiempo de autocuidado dentro de la rutina diaria… y pedir ayuda profesional si sentimos que no disponemos de recursos suficientes para hacer frente a esta situación.

Bibliografía

Carlson, N. R., Bernal, I. M., Andreu, M. C., & Vázquez, S. S. (2006). Fisiología de la conducta (Vol. 678, p. 2006). Madrid: Pearson Educación.

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