Invalidación emocional: ¿Qué es? ¿Cuáles son las consecuencias? y ¿Cómo evitarla?

¿Cuál es la función de las emociones?

Las emociones que todos y cada uno de nosotros sentimos en nuestro día a día no están ahí por casualidad, sino que tienen una función concreta. Esto es así, tanto en el caso de emociones agradables (alegría, orgullo, tranquilidad, gratitud, diversión, amor…) como de aquellas cuya vivencia resulta más desagradable(enfado, tristeza, ansiedad, decepción, culpa…). Pensemos en la función de la alegría, nos sentimos felices, por ejemplo, cuando estamos de celebración rodeados de las personas a las que queremos o cuando logramos un objetivo personal, de forma que esa sensación placentera nos invita a buscar ese tipo de situaciones que nos gratifican y que se relacionan con nuestros valores personales. Del mismo modo, las emociones desagradables, tienden a indicarnos que hay algo que debemos cambiar o hacer de forma diferente. Así, por ejemplo el enfado puede avisarnos de que alguien nos ha dañado o tratado injustamente, de forma que según sea el caso nos podría invitar a resolver la situación, a marcar límites, a alejarnos de la persona en cuestión o incluso, en ciertos ocasiones, a replantearnos nuestra forma de pensar o reaccionar con enfado ante determinado tipo de circunstancias.

En este sentido, cuando una emoción aparece estamos recibiendo un mensaje por parte de nuestro propio cuerpo al que debemos dedicar nuestra atención, dado que éste tiene por objetivo informarnos y ayudarnos a establecer una dirección a seguir. Sin embargo, no siempre prestamos atención suficiente a nuestras emociones, especialmente a aquellas que nos resultan desagradables, por motivo obvios. Además, a todo ello habría que añadir que  vivimos en una sociedad en la que, por lo general, no se nos enseña a lidiar con nuestras propias emociones desagradables, pero tampoco con las de los demás, lo que puede dar lugar a la puesta en marcha de fenómenos tan perjudiciales como la invalidación emocional.

¿Qué es la invalidación emocional?

La invalidación emocional tiene lugar en todas aquellas interacciones sociales en las que una persona responde ante la expresión de malestar emocional de otra dando a entender, de forma más o menos directa, que sus emociones son incorrectas o inadecuadas. Dicho esto, seguro que si te paras a pensar, no te resulta difícil encontrar un momento entre tus recuerdos en el que te hayas sentido incomprendido al expresar tu malestar emocional a algún ser querido, independientemente del tipo de relación mantenida con esa persona (amigo, familiar, pareja…).  

Esta invalidación puede darse a través de distintos mecanismos, por ejemplo:

  • Trivializar o restar importancia: “No te preocupes por eso”, “En realidad, no es para tanto”, “En unos días verás cómo te sientes mejor”…
  • Comparar: “Si supieras los problemas que tengo yo…”,“Peor es lo mío que…”,  “Mira tu hermano, él no está llorando”, “María pasó por lo mismo, y la verdad es que a estas alturas ya estaba bastante mejor”, “Muchas personas se encuentran en una situación peor que la tuya”…
  • Ignorar: cambiar de tema, no prestar atención…
  • Criticar: “Deja de preocuparte por todo”, “No puedes ponerte así por eso”, “Eres un exagerado”, “Simplemente deja de darle vueltas y pasa página”, o incluso “Qué pronto te has recuperado”…

¿Qué pasa cuando esta invalidación emocional persiste en el tiempo?

Ahora imagina crecer en un entorno en el que esta invalidación emocional es la norma y no la excepción. Un entorno en el que cuando el niño expresa una emoción, especialmente una emoción desagradable, ésta emoción se rechaza. Las personas en general y, por supuesto los niños en especial, necesitan que todas sus emociones sean aceptadas y valoradas, tanto las que son agradables como aquellas que son desagradables. Si bien, a este respecto conviene matizar que aceptar una emoción no significa tener que aceptar una reacción o conducta inadecuada ante esta. Es decir, una cosa es entender y aceptar que un niño puede enfadarse cuando sus padres le marcan un límite y otra muy diferente aceptar que su reacción ante dicho enfado sea romper lo primero que encuentre a su alrededor. Retomando el hilo anterior, aquellos niños que son invalidados emocionalmente de forma recurrente se sienten frustrados, inseguros y confusos debido a que su entorno les indica que deben sentirse de una forma, mientras ellos se sienten de otra.

Esta incongruencia acaba solucionándose a través de la aceptación de que su forma de sentir es inadecuada, motivo por el que no deben sentir ni deben confiar en sus propias emociones, derivando esto en que sean ellos mismos quienes se acaben autoinvalidando emocionalmente y escondiendo sus emociones en lo más profundo de ser para evitar tener que experimentar la desagradable sensación que las acompaña y el rechazo del entorno. En realidad esta solución sería como si al sentir que el calor de una hoguera nos está quemando tratásemos de ignorar el dolor, en lugar de prestarle atención para que nos ayude a darnos cuenta de lo que está ocurriendo y tomar decisiones al respecto, en este caso retirarnos del fuego. Al igual que ocurriría en el caso de esta analogía, en la que ignorar el dolor generaría un mayor dolor a la larga, esto mismo ocurre con las emociones, cuando se suprimen acaban generando un mayor malestar antes o después. De forma que estos niños sufren mucho y no aprenden a identificar adecuadamente sus emociones, ni a tolerar o gestionar el malestar emocional. De hecho, es habitual que los niños y personas que han sido frecuentemente invalidadas acaben padeciendo problemas de salud mental, de forma que  tienden a desregularse emocionalmente con mayor facilidad y a presentar trastornos de diversa índole (ansiedad, depresión, alimentación, consumo de sustancias), incluyendo  trastornos mentales graves como el trastorno de personalidad límite, además de problemas físicos como dolores crónicos o enfermedades reumáticas.

¿Cómo validar emocionalmente a nuestros seres queridos?

Después de haber descrito algunas de las principales consecuencias de la invalidación emocional, sería lógico preguntarnos qué podemos hacer para validar emocionalmente a nuestros seres queridos, de forma que éstos sientan que los aceptamos con todas sus emociones, agradables y desagradables. De acuerdo con ello, a continuación se describen una serie de recomendaciones a seguir, que si bien por tratar de simplificar se plantean como pasos secuenciales, en realidad pueden darse en un mismo espacio de tiempo al encontrarse altamente interrelacionados.

El primero de estos pasos sería condición sine qua non para que nuestros seres queridos se sientan validados. Sin embargo, y a pesar de ello, no siempre se lleva a cabo. Este paso consiste únicamente en poner en práctica la escucha activa, es decir, en dedicar íntegramente una parte de nuestro tiempo a escuchar a la otra persona independientemente de su edad, mostrando un interés sincero sobre lo que nos quiere contar, sobre lo que le ha ocurrido y sobre cómo esto le hace sentir. Para ello es importante mantener el contacto ocular con la persona, asentir, mostrar nuestro interés a través de preguntas adaptándolas a la edad que corresponda, parafrasear (“O sea que…”, “¿Quieres decir que…?”) o devolver información que indique que estamos entendiendo lo que se nos explica.

El segundo paso, consistiría en permitir la expresión emocional del otro sin tratar de modificarla o controlarla. Esto significa que si, por ejemplo, nuestro ser querido llora desconsolado, le permitamos tener ese espacio en el que pueda expresarse tal y como se siente. La parte complicada de este paso consiste en gestionar nuestro propio malestar ante la emoción del otro, de forma que debemos evitar limitar la expresión emocional de nuestro ser querido a través de frases como “no llores”, “no te enfades”, etc. Por supuesto, esto es así partiendo de la idea de que la forma en que nuestro ser querido está expresando dicha emoción no supone ningún tipo de perjuicio material o personal, ni para la propia persona ni para terceros.

El tercer paso consistiría en empatizar conel modo en que nuestro ser querido se está sintiendo, dejando claro que nos importa cómo se siente.

  • Empatizar con la emoción: “Cielo, siento mucho lo que te ha pasado”, “Siento que tengas que pasar por esto”, “Siento que te sientas así”, “Entiendo cómo te sientes”, “No puedo imaginarme por lo que estás pasando”, etc.
  • Destacar lo difícil de la situación vivida: “Qué difícil”, “Qué situación más complicada”, “Qué duro”…

El cuarto paso implica validar y aceptar las emociones de nuestro ser querido, reflejándole que es totalmente lógico y comprensible que se sienta del modo en que se siente. Esto podemos hacerlo bien reflejando que en su situación cualquier persona podría sentirse igual o que en base a las experiencias que ha vivido es comprensible que le afecte de ese modo. En el caso de niños podría ser conveniente además explicitar el nombre de la emoción que está sintiendo para que aprenda a reconocerla.

  • Validar la emoción: “Es normal que te sientas muy enfadado”, “¿Quién no se sentiría así en tu situación?”, “La mayoría de las personas se sentirían igual si les tocase vivir lo mismo”, “¿Con todo lo que ha pasado en los últimos meses cómo ibas a sentirte de otra forma?”, “Con lo que te pasó aquella vez es comprensible”, “Con lo importante que esto es para ti, es lógico que te sientas así”….

El quinto paso, iría más allá de la validación de las emociones, pero sin duda alguna también es un aspecto importante cuando un ser querido está confiando en nosotros para abrirse emocionalmente. Este aspecto implica el ofrecer apoyo, ya sea de tipo emocional o instrumental (dirigido a solucionar el problema).

  • Mostrar afecto: un abrazo, un beso, una caricia, colocar nuestras mano sobre la mano o rodilla de la otra persona…
  • Expresar accesibilidad: “Siempre que te sientas así, puedes venir dónde mí”, “Estoy aquí para lo que necesites”, “Cuando necesitas hablar llámame”…
  • Apoyo instrumental: a este respecto es importante evitar siempre las expresiones imperativas del tipo “tú lo que tienes que hacer es…”, por preguntas como ¿quizá se podría…?. ¿has pensado en…?, o ¿Y si…?.

Por último, recuerda que si te gustaría consolar a tu ser querido pero no sabes muy bien qué decir, antes de restar importancia a su problema y hacerle sentir incomprendido, exprésale cómo te sientes realmente “No sé qué decir, ojalá pudiera decir o hacer algo que te hiciese sentir mejor”.

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