La importancia del juego en el neurodesarrollo del niño (Ainara Etxearte, Neuropsicóloga de Psicología Amorebieta)

La importancia del juego en el neurodesarrollo del niño (Ainara Etxearte, Neuropsicóloga de Psicología Amorebieta)

A los cinco o seis meses de vida cuando la actividad automática del bebé disminuye, comienza la actividad intencional principal de la infancia, el juego. Esta es una actividad física y cognitiva fundamental para el aprendizaje y, por tanto, para el desarrollo global del niño (Zorrilla y Vargas, 2008). A través del juego se desarrollan la imaginación, la creatividad, la psicomotricidad, la afectividad y la socialización con iguales y adultos. Observando el juego podemos ver cómo el niño percibe y se relaciona con su ambiente (Peñafiel, 2009).

El movimiento es uno de los primeros juegos que los adultos ofrecen a los bebés cuando los cogen en brazos y los mecen o los levantan con los brazos en alto. De hecho, el movimiento es el primer juego que el propio bebé experimenta por sí solo. El movimiento y las sensaciones que este le va provocando ayudan al bebé a descubrir el control sobre sus propios movimientos y sobre el ambiente que le rodea.

El juego o la actividad lúdica del movimiento ejercido por los padres tiene como objetivo generar una interacción. El niño modula la actividad de los padres a través de sus respuestas corporales al juego que ellos le ofrecen. De esta forma, el padre o la madre modifica su conducta en variables como la velocidad, la intensidad y la combinación de distintas acciones. Las respuestas corporales que el infante utiliza para participar de dicha interacción y comunicarse con sus progenitores son la dirección de la mirada y la sonrisa. Cuando la conducta de mirar comienza a ser deliberada el bebé dirige o desvía la mirada sobre el adulto para regular la intensidad de la conducta de este. Por otro lado, la sonrisa o risa, cuando deja de ser instintiva pasa a formar parte de la interacción social del bebé, lo cual es un reforzador muy poderoso para los padres (Garvey, 1985).
Más adelante, cuando el niño comienza a desplazarse solo a través del gateo o con los primeros pasos, comienza la conducta exploratoria dirigida a descubrir su entorno. Uno de los aprendizajes claves en este sentido es la percepción de profundidad, es decir, la habilidad para percibir objetos en tres dimensiones. Este aprendizaje requiere de la coordinación binocular y del control motor, por ejemplo, para detectar las señales cinéticas y saber qué objetos están en movimiento (Bushnell y Boudreau, 1993).

La exploración da lugar a que el niño interactúe con los objetos que se va encontrado y desarrolle así la percepción háptica, la cual consiste en manipular los objetos para adquirir información sobre ellos. Posteriormente utilizará estos objetos para construir pautas de acción que repetirá para conocer las consecuencias de las mismas y poder establecer patrones de causa efecto (Bushnell y Boudreau, 1993). Por otra parte, dichas repeticiones tienen como finalidad provocar y confirmar una reacción en el adulto, convirtiéndolo en un juego social (Garvey, 1985). Es necesaria la presencia de un adulto que interactúe y responda a las conductas del niño, ofreciéndole seguridad, constancia y coherencia con su comportamiento. Las terapias más punteras se basan en el juego para tratar a niños con problemas de neurodesarrollo y dificultades psicomotrices. Este es el caso del método MAES, que utiliza el juego como forma de estimulación para que el niño mueva el cuerpo de forma correcta y más variada.
El juego en un contexto informal y libre durante los tres primeros años de vida prepara al niño para el aprendizaje formal durante la escolarización, permitiendo así el desarrollo de las funciones cognitivas que darán lugar a la adquisición de habilidades como la lectura y la escritura (Giudici, 2016).
“Cucú Tas Tas”. El juego de esconderse tras las palmas de las manos o detrás de una pared y aparecer existe en diversas culturas y se practica de forma muy parecida. La aparición del rostro del cuidador o de los padres suele ser un momento altamente placentero para el bebé, dada la fascinación por los rostros y la las muecas exageradas que realiza el adulto. Este es un ejemplo claro de cómo la interacción y el juego de los padres o cuidadores participa en el desarrollo cognoscitivo del bebé ya que el aprendizaje del juego requiere un proceso de modelado o andamiaje proporcionado por el adulto (Papalia, Olds y Feldman, 2010).

Por lo tanto y como parte del aprendizaje, el juego se va modificando a medida que el bebé va adquiriendo la habilidad para predecir eventos y va incorporando la noción de la permanencia del objeto. Entre los tres y los cinco meses el bebé se ríe y sonríe ante la aparición del rostro del adulto y va aprendiendo acerca de la expectativa de la siguiente aparición. Entre los cinco y los ocho meses el niño se ríe, sonríe y mira cuando la voz del adulto le señala que va a reaparecer. Al año de edad es el bebé quien inicia el juego llamando al adulto a través de sus movimientos y balbuceos (Papalia, Olds y Feldman, 2010).
En un estudio longitudinal realizado en la Universidad de Montreal se observó cómo unas madres jugaban a esconderse con sus bebés durante 18 meses. De esta forma pudieron comprobar cómo las acciones y reacciones de la madre se iban modificando en función de la conducta del bebé. Durante los seis primeros meses era la madre quien llamaba la atención del niño para jugar y realizaba el modelado para que el niño pudiese imitar la secuencia. A los 12 meses el modelado disminuyó significativamente por el aumento de la comprensión de la instrucción verbal (Rome-Flanders, Cronk & Gourde, 1995).
Podemos ver a través de estos ejemplos, cómo la interacción con los padres guía el proceso madurativo del bebé. Por eso además de la intuición e instinto materno y paterno resulta beneficioso el conocimiento de las pautas de desarrollo de los niños durante los primeros años de vida.
En esta dirección, uno de los libros que mayor éxito está teniendo es el escrito por el Dr. Álvaro Bilbao titulado “El cerebro del niño explicado a los padres”, donde el neuropsicólogo comparte sus experiencias como padre desde una estructura y explicación profesional pero a la vez asequible para cualquier persona sin formación en dicha disciplina. Las críticas de los principales periódicos recogen las siguientes conclusiones: El Mundo: “Túmbese en la alfombra y juegue con sus hijos”; El País: “Sin los padres el potencial cerebral del niño no se puede desarrollar”.

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