La reserva cognitiva, ¿qué es y cómo mejorarla?

El concepto de “reserva” se utiliza desde hace años en el ámbito de la neuropsicología para explicar la frecuente discrepancia entre el daño cerebral presentado por una persona y los déficits cognitivos y funcionales mostrados por ésta (Barulli y Stern, 2013). Más específicamente, se podría decir que este concepto hace referencia a la capacidad que tiene el cerebro para compensar o minimizar las manifestaciones clínicas de un deterioro o daño cerebral, el cual puede ocurrir como consecuencia de diferentes procesos normales o patológicos como podrían ser el envejecimiento, las enfermedades neurodegenerativas (Alzheimer, esclerosis múltiple, enfermedad de Parkinson, etc.), el daño cerebral adquirido (ictus) o los trastornos psiquiátricos (trastorno bipolar, esquizofrenia, depresión, etc.) (Barulli y Stern, 2013; Stern, 2009). Por tanto, este concepto plantea que sería posible presentar alteraciones cerebrales y no mostrar síntomas neurológicos indicativos de ello. ¿Es esto posible? Revisemos un par de estudios que darán respuesta a esta pregunta y que nos permitirán definir dos conceptos más específicos, el concepto de reserva cerebral y el de reserva cognitiva.

La reserva cerebral

En 1988 el Dr. Katzman llevó a cabo un estudio en el que se realizó la autopsia neuropatológica de 137 personas mayores, las cuales habían realizado distintas evaluaciones cognitivas a lo largo de su vida. En este estudio se encontró que 10 de los participantes presentaban alteraciones neuropatológicas similares a las que presentan los pacientes con demencia, pero que éstos, contra todo pronóstico, habían presentado un desempeño cognitivo elevado a lo largo de su vida. Los autores trataron de buscar una explicación a este hallazgo y descubrieron que el tamaño del cerebro y el número de neuronas era mayor en esos 10 participantes. Por tanto, estos resultados indicaron que determinadas características estructurales del cerebro cumplen un rol protector ante el deterioro o daño cerebral, favoreciendo que no se manifiesten dificultades cognitivas o funcionales, surgiendo así el concepto de reserva cerebral.

A día de hoy, se conocen mejor aquellos aspectos estructurales que favorecen una mayor reserva cerebral, encontrándose entre ellos el tamaño del cerebro, el número de neuronas, el número de conexiones entre éstas, el número de neuronas mielinizadas o la integridad de la sustancia blanca cerebral (Pettigrew y Soldan, 2019; Stern, 2009). La capacidad de protección de la reserva cerebral es limitada, en el sentido de que ésta se agota al presentarse una cantidad de daño cerebral determinada y específica para cada persona, comenzando a manifestarse los déficits cognitivos y funcionales. Este límite o umbral sería específico para cada persona en un momento determinado, haciendo que la expresión clínica de un mismo daño cerebral pueda variar entre diferentes personas.

La reserva cognitiva

Un par de años después del estudio de Katzman, el Dr. Snowdon comenzó un estudio sobre el envejecimiento y la enfermedad de Alzheimer. Este estudio se ha denominado comúnmente “el estudio de las monjas”, dado que en él participaron 678 monjas, pertenecientes a la congregación religiosa de la escuela de las hermanas de Notre Dame, de entre 73 y 103 años de edad. Todas ellas acordaron realizar una evaluación de su estado cognitivo anualmente y donar su cerebro tras su fallecimiento con fines científicos. Tal y como era de esperar, a través de este estudio se logró una mejor caracterización de la enfermedad de Alzheimer. Sin embargo, el principal hallazgo del estudio fue otro. El Dr. Snowdon, tras realizar la autopsia neuropatológica del cerebro de algunas de las monjas, observó que éstas presentaban daños cerebrales sugerentes de un estadío avanzado de la enfermedad de Alzheimer, pero que, al igual que en el estudio de Katzman, éstas no habían mostrado síntomas de demencia (Snowdon, 1997). Al tratar de dar con una posible explicación, se descubrió que aquellas monjas que no habían presentado síntomas de demencia, a pesar de presentar deterioro cerebral, habían tenido una mayor riqueza de vocabulario (Snowdon, Greiner y Markesbery, 2000). Por tanto, estos hallazgos planteaban que la experiencia y los conocimientos acumulados a lo largo de la vida pueden tener un rol protector y prevenir la aparición de síntomas cognitivos o funcionales ante el deterioro o el daño cerebral, surgiendo así el concepto de reserva cognitiva.

Actualmente, es conocido que diversos aspectos relacionados con el estilo de vida contribuyen a la conformación de la reserva cognitiva (Pettigrew y Soldan, 2019; Stern, 2009). Así, la inteligencia general, el nivel educativo, los logros ocupacionales y las actividades realizadas durante el tiempo libre han demostrado contribuir, de manera independiente, a la conformación de la reserva cognitiva. Estos aspectos interactuarían con factores genéticos, mejorando la eficiencia, la capacidad y la flexibilidad de las redes cerebrales permitiendo un mejor afrontamiento del deterioro o daño cerebral. Todo ello implica que la reserva cognitiva no es una capacidad innata y preestablecida, sino que podemos promover su desarrollo a través de las diferentes actividades que realizamos a lo largo de la vida.

Desde un punto de vista teórico, es importante destacar que la influencia de la reserva cognitiva se reflejaría por: i) un desempeño cognitivo elevado antes del comienzo del deterioro cognitivo, ii) un retraso temporal en el comienzo de dicho deterioro; y iii) un deterioro cognitivo más rápido una vez comienzan a manifestarse los síntomas asociados al proceso neurodegenarativo correspondiente (Pettigrew y Soldan, 2019). A pesar de que este último punto podría interpretarse como un aspecto negativo, debe tenerse en cuenta que implica la posibilidad de vivir durante más tiempo con una buena calidad de vida.

¿Cómo puedo aumentar mi reserva cognitiva?

En vista de todo lo anterior, la pregunta que deberíamos hacernos sería “entonces, ¿qué puedo hacer para mejorar mi reserva cognitiva?”. La respuesta a esta pregunta es tan sencilla,y tan como compleja al mismo tiempo, como mantener un estilo de vida saludable. Algunas recomendaciones serían:

  • Seguir una alimentación equilibrada
  • Realizar actividad física habitualmente
  • Evitar el consumo de alcohol y tabaco
  • Formarse académicamente
  • Desempeñar actividades cognitivamente demandantes en el puesto laboral
  • Realizar actividades que permitan estimular los diferentes procesos cognitivos (atención, velocidad de procesamiento de la información, aprendizaje y memoria, lenguaje, planificación, razonamiento, toma de decisiones, flexibilidad de pensamiento, etc.)
  • Tener aficiones enriquecedoras (leer, escribir, pintar, tocar instrumentos musicales…)
  • Participar en actividades sociales

Bibliografía

Barulli, D., & Stern, Y. (2013). Efficiency, capacity, compensation, maintenance, plasticity: emerging concepts in cognitive reserve. Trends in cognitive sciences17(10), 502-509.

Katzman, R., Terry, R., De Teresa, R., et al. (1988) Clinical, Pathological, and Neurochemical Changes in Dementia: A Subgroup with Preserved Mental Status and Numerous Neocortical Plaques. Annals of Neurology, 23, 138-144.

Pettigrew, C., & Soldan, A. (2019). Defining cognitive reserve and implications for cognitive aging. Current neurology and neuroscience reports19(1), 1-12.

Stern, Y. (2009). Cognitive reserve. Neuropsychologia, 47(10), 2015-2028.

Snowdon, D.A. (1997). Aging and Alzheimer’s Disease: lessons from the Nun Study. The Gerontologist, 37(2), 150-1256.

Snowdon, D. A., Greiner, L. H., & Markesbery, W. R. (2000). Linguistic ability in early life and the neuropathology of Alzheimer’s disease and cerebrovascular disease: Findings from the Nun Study. Annals of the New York Academy of Sciences903(1), 34-38.

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