¿Por qué con la edad el tiempo parece pasar más rápido?

De pequeños pensábamos que las vacaciones no tenían fin, que de un cumpleaños a otro pasaba una eternidad, y que no nos íbamos a hacer mayores nunca. No obstante, a medida que pasa el tiempo, sentimos que cada vez avanza más rápido, que las semanas vuelan, que hace 10 años que terminamos la universidad, que hace 25 nos casamos, que nuestro hijo ya es mayor de edad… y todo ello sin apenas darnos cuenta. ¿Y cómo es esto posible?

Como ya sabemos, el tiempo tiene la misma duración para todos nosotros, no se acelera para algunas personas ni se detiene para otras. Sin embargo, la percepción que tenemos de él sí es muy variable, y esto se debe a varias razones. En primer lugar, al desarrollo del Sistema Nervioso. Cuando somos pequeños, nuestro cerebro está creciendo, va creando una infinidad de conexiones neurales nuevas, y las redes de nervios y neuronas van aumentando en tamaño y complejidad. Así mismo, durante la infancia y adolescencia, tiene mayor plasticidad, lo cual nos permite absorber gran cantidad de estímulos, aprender con mayor rapidez y retener mayor cantidad de información. Con la edad, estas conexiones se van degradando, y disminuye la velocidad con la que procesamos información, por lo que parece que el período de tiempo es más corto. Esto se ha comprobado también a través de los movimientos oculares, al observar que los ojos de los bebés se mueven mucho más rápido en comparación con los adultos, porque están constantemente adquiriendo y procesando imágenes nuevas.

Unido a ello, los procesos cognitivos más implicados en la percepción del tiempo son la atención y la memoria, los cuales se ven también influidos por la edad. Durante nuestro crecimiento se van desarrollando estructuras y conexiones implicadas en ambas capacidades, tales como la corteza frontal o los ganglios basales, pero a partir de cierta edad, se produce un declive cognitivo, estas estructuras se van deteriorando y tienen lugar déficits atencionales y mnésicos que repercuten en dicha percepción.

En segundo lugar, cobra gran importancia la novedad de nuestras experiencias. Desde que nacemos hasta la adultez temprana, generamos numerosas habilidades nuevas y vivimos miles de experiencias por primera vez: la primera vez que montamos en avión, el primer viaje con el colegio, aprender a andar en bici, el primer día de autoescuela…  Estos primeros momentos generan mayores conexiones, mayores recursos atencionales y mayor huella emocional, quedando más plasmados en nuestra memoria. En cambio, a medida que nos hacemos más mayores, creamos hábitos y realizamos actividades de manera automática para poder adaptarnos a las situaciones rutinarias. Esto es de gran utilidad de cara a ahorrar energía, así el cerebro no requiere procesar siempre la misma información, pero a su vez, esto produce que no seamos conscientes de muchas cosas que nos rodean. Además, los adultos agrupan las vivencias de forma más global, mientras que los niños o jóvenes atienden más a los detalles. Esto junto con la novedad de las situaciones alarga la percepción del tiempo, y por eso en la infancia parece que el tiempo dura más.

Por último, hay otras explicaciones para las diferencias en cuanto a la percepción del tiempo, como por ejemplo la impulsividad. Las personas con rasgos más impulsivos tienden a elegir recompensas más inmediatas aunque sean más pequeñas, puesto que estiman periodos temporales como más largos.

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