¿Qué es y qué no es el TDAH? Evidencias frente a ideologías…

¿Qué es y qué no es el TDAH? Evidencias frente a ideologías…

Aprovechando el reciente día Nacional del TDAH, donde numerosos edificios públicos en el estado (en Bilbao, el estadio de San Mamés) se tiñeron de naranja. No obstante, existen numerosos mitos y un gran desconocimiento de lo que es y no es el TDAH, hasta el punto de que existen alguna voces minoritarias (pero con altavoces mediáticos) que, por ideología, entienden que no existe como entidad, como trastorno mental. Habitualmente, estas voces se quedan en una explicación, pero no en un desarrollo de la idea, de manera que se le da el alta al paciente (y a la familia) que consulta por sintomatología TDAH, dejándoles de nuevo en la fría calle, con el problema que traían y sin solución alguna. Sólo hace falta conocer realmente a una familia con alguien con TDAH para ver que el problema es real, y que las soluciones son necesarias.

Por ello, en esta materia (en todas las que se engloban bajo la psicología, pero especialmente en esta que algunos intereses han convertido en controvertida) hace falta basar toda las recomendaciones y pasos en evidencias científicas (y no en ideologías personales). Para ello haremos un viaje a lo largo del desarrollo vital de un ser humano.

La infancia

Cuando tenemos un hijo pequeño, el primer escollo que nos encontramos (aunque a veces no reparemos excesivamente en él) es el de tomar decisiones (muchas importantes) en su nombre, a menudo trascendentales y que cambian sobremanera su vida. Aquí, siempre tendemos a sentir que nos confundiremos y que infringiremos un daño irreparable. Que tomaremos una decisión que posteriormente nos recriminará y dejará en evidencia lo “malos padres” que hemos sido. Y precisamente con este punto juegan las ideologías que abogan por la eliminación del TDAH como trastorno, utilizando para ello técnicas de márketing con muchos años de uso, con mensajes impactantes y que calan en ese punto de la conciencia del progenitor.

Hemos de tener en cuenta que un niño, por definición, es movido, su atención es volátil y sus intereses fácilmente cambiables. Esto no le hace en modo alguno padecer TDAH, y de hecho, de aquí hay un trecho que a menudo tiene una clara base: la disfunción. Por ello, que un niño tenga estas conductas es natural, pero no lo es cuando por ello se ve limitado. Y no hablamos de que cometa trastadas, no se esté callado… sino que, por ejemplo, teniendo unas buenas capacidades, sea incapaz de desarrollarlas o incluso los indicadores de esas capacidades nos informen negativamente de las mismas. Para ello, tenemos pruebas de todo tipo, pero sobre todo la historia clínica que hacemos con el niño (donde ya vemos a menudo sus dificultades, aún antes de pasar pruebas, lo que no exime de que se pasen), con los padres, con los profesores… y con quien pueda tener contacto regular con este niño, si hiciera falta. A esto dedicamos 1-2-3 horas de la evaluación, y entre otras cosas, también descartamos que dicha disfunción (que deriva de los signos y síntomas que hemos mencionado) no provenga de un trastorno más “grande” (ya sea neurológico, como una epilepsia o un trastorno intelectual o genético), de una problemática y evento (muerte de un ser querido, por ejemplo) y un gran abanico de elementos que puedan estar generándolo (y manteniéndolo). Créanme cuando digo que si se diagnostica un TDAH, la mayor parte de los profesionales que nos dedicamos en un alto grado de exclusividad a ello, lo hacemos con toda la rotundidad que podemos. Si queréis profundizar más en este tema, te dejo un link para ello: Evaluación TDAH

Los miedos más habituales en el primer paso tras el diagnóstico lo hallamos en cómo intervenir: ¿Qué tipo de tratamiento necesitamos? Pues, al igual que sucede con el diagnóstico que acabamos de ver, el mejor tratamiento es aquel que se realiza entre varios profesionales: psiquiatría, neuropediatría, psicología, neuropsicología, pedagogía… Aquí tenemos la primera parte del puzzle y el por qué de una buena evaluación: ésta consiste en dibujar y fabricar las piezas que necesitaremos para resolver nuestros problemas (y los procesos estropeados que hayamos detectado en la evaluación); la intervención se encargará de que los profesionales que mejor saben hacerlo, las encajen. Obviamente, aquello que más desconocemos, es lo que más tememos, y la Guía de Práctica Clínica del Ministerio de Sanidad de España (te la dejo aquí: Guía de Práctica Clínica TDAH) a este respecto es clara: debemos combinar, por la evidencia científica acumulada a lo largo de los años, intervención psicológica con la medicación. Esta es la norma general, esto es lo que la evidencia dice que más funciona, combinar ambas. Pueden existir casos particulares en los que éstas recomendaciones no sean aplicables, y nuevamente, aquí encontramos lo útil y necesario de una buena y completa evaluación. ¿Quién la realiza? Siempre, un clínico, bien sea en la especialidad médica (neuropediatras y psiquiatras generalmente, pero algunos pediatras y médicos de cabecera tienen suficiente formación) o de la psicología (psicólogo o neuropsicólogo clínico). Para esto último, se debe acudir a un centro sanitario necesariamente, ya que estas profesiones vienen acreditadas por las Consejerías de Salud de cada comunidad, que otorgan un número de dicho registro que normalmente los centros que lo tenemos lucimos orgullosos en nuestros escaparates (Las condiciones de formación, experiencia y económicas que se nos exigen son para estarlo…).

Pero la medicación, que a pie de calle algunos interesadamente han hecho por darle una mala fama, es una desconocida siempre, en cualquier condición patológica. En el caso de la específica del TDAH (hay varias diferentes, pero mayoritariamente se suelen usar estimulantes, y dentro de este grupo de fármacos, el principio activo llamado Metilfenidato -MFD-), la evidencia científica en estudios longitudinales (siguiendo a los que la tomaban durante muchos años) demuestran, tan sólo, un efecto permanente: los niños tratados con MFD, al terminar el crecimiento en la adultez temprana, miden 1 cm menos (te invito a profundizar en los miedos a esta medicación en esta página: Miedos a la medicación del TDAH y en cuanto a los efectos de la medicación a largo plazo).

Sin embargo, aunque esta medicación tiene efectos secundarios que desaparecen a medida que vamos repitiendo las tomas (menor apetito en las horas centrales del día, algún dolor de cabeza, sudoración, dificultad para conciliar el sueño…), los efectos primarios, los que queremos conseguir, son notables: además de mejorar los síntomas que traen al paciente/familia a la consulta, se ha demostrado un mejor sueño (mayor calidad del sueño, aunque pueda costar más en empezarlo), mayor capacidad de centrar la atención, mayor iniciativa propia para empezar el estudio (porque reduce la resistencia a dedicarse a tareas que exigen recursos cognitivos) y una amplia mejora en la calidad de vida tanto del paciente como en los contextos donde se desenvuelve. Por tanto, la medicación suele ser necesaria en muchos casos (no todos, ni mucho menos), al igual que lo es aprovechar ese periodo de mayor capacidad cognitiva que nos provee para aprender a generar adaptaciones como padres o como paciente y poder desenvolverse en un futuro a medio plazo sin ella. Por tanto, la medicación JAMÁS es para toda la vida, y cuando se pone el objetivo es quitarlo cuanto antes. Pero para ello, se debe asociar a la otra parte importante: la psicoterapia, generalmente de tipo cognitivo-conductual y en la que no sólo se trabajen aspectos psicológicos, sino también neuropsicológicos (procesos cognitivos que muchas veces están funcionando mal como consecuencia del trastorno, dado que tiene un carácter neurológico y biológico, que puedes ver en un genial post de MJ Más aquí: NeuroDesarrollo).

La adolescencia

Periodo crítico donde los hubiera, es importante poder llegar a esta etapa con algunos recursos ya trabajados y aprendidos con el fin de que no se complique. Por eso, los profesionales que nos dedicamos a esto, intentamos trabajar e investigar formas de diagnosticarlo lo más tempranamente posible. A veces, habitualmente porque el paciente adolescente tiene una buena capacidad intelectual (CI), no hace aguas hasta ya entrada la adolescencia, que es cuando la T del TDAH (que significa trastorno) se manifiesta: la disfunción. En estos casos, la intervención en ambas vías es aún más importante, y tanto es así que si intervenimos sobre un niño, muchas veces llegan a la adolescencia con menos problemas o incluso ya dados de alta. Aunque los mayores escollos que intentamos salvar casi siempre cuando tenemos un TDAH en consulta van en dos sentidos: por un lado intentar que no caiga en un prevalente consumo de sustancias; por otro, que sea capaz de enfocarse a un itinerario académico y profesional que realmente le motive y pueda terminar en un trabajo productivo y con el que se sienta “autorealizado”. Este trabajo no es fácil…

Pero hay un aspecto que a menudo descuidamos en esta etapa: sus iguales. Ellos quieren encajar, ser uno más aportando su esencia a los demás, al grupo de amigos donde se mueve. Y para ello, a veces, caen en conductas desafortunadas, a menudo denominadas “de riesgo”. Porque los que padecen este trastorno se sienten atraídos por este tipo de “emociones”, y a veces no juzgan las consecuencias de lo que van a hacer. Eso les genera mayores conflictos, mayores tasas de conductas disfuncionales (embarazos no deseados, contracción de ETS, accidentes en general y en especial los de tráfico) y una mayor frustración (repiten a menudo el “si lo hubiera sabido…”, aún teniendo experiencias previas en esas mismas situaciones, paradójicamente). Por eso, en esta etapa también es importante la intervención psicológica, porque a menudo se puede ejercer además de apoyo de orientador de decisiones de todo tipo. Además, teniendo en cuenta que es en esta etapa cuando más alejamiento se da entre padres e hijos, a veces nos convertimos en un medio desde el que intentar orientar e informarles, además de un campamento base.

Adultez

Si nos queda mucho por esclarecer en el TDAH, aún más en el ciclo adulto. Y es que mientras ya sabíamos desde hace tiempo que los niños y adolescentes con TDAH crecían (la gran parte de ellos) con el trastorno, el cuál podía convertirse, pero se seguía dando alguna disfuncionalidad, los estudios recientes muestran que podríamos tener algunos debutando en la adultez. Además, estos estudios muestran cómo a menudo ambos no se solapan, o lo que es lo mismo, tienen un tronco diferente. Es importante este extremo, porque supone de una trascendencia evidente no sólo para la posterior intervención, sino también en cuanto a explicarse muchas dificultades y desarrollos de la sintomatología (generalmente hacia los ansiosos y/o depresivos).

Sea como fuere, el diagnóstico en adultos se complica aún más, porque la comorbilidad (una entrevista interesante aquí: Comorbilidad TDAH) es muy grande, con estudios que sugieren hasta un 60-70 % de casos. Uno de ellas, de las más frecuentes cuando no es incluso el diagnóstico principal, es el trastorno de personalidad (Trastornos de Personalidad y TDAH). Por eso es aún más importante desgajar los síntomas, las problemáticas y darles explicación y analizarla de manera funcional (por qué se da y para qué sirve, ya que toda conducta, por muy patológica que sea, tiene una función).

Pero sobre todo, hay que adaptar mucho la terapia y la evaluación al propio adulto: ¿Requiere un diagnóstico en ese momento? ¿Le va a ser útil? El mayor predictor de estas preguntas es si le explicará dificultades (presentes y pasadas), si le ayudará a mejorar el presente (y el pasado) y si integrará todo lo que ello supone en su día a día, personalidad… A menudo, se tratan los síntomas que en su base (cuando eran niños, adolescentes…) han generado un TDAH no explicado en evolución. Generalmente, en forma de antidepresivos, de ansiolíticos y en algunos casos incluso con medicaciones más severas. Todo por no haberse podido atajar antes unos síntomas que, conociéndolos, es “fácil” trabajar y readaptar (al menos en comparación con estas comorbilidades más invalidantes y que ocupan un espacio mucho más interno).

En definitiva, aunque se distingan los tipos de TDAH también en función del momento vital en el que esté la persona (además de clínicamente en función de los síntomas que se manifiestan, de la severidad de esto y algunas otras formas de clasificarlos), el objetivo en todas las fases es la misma: el bienestar. Para ello, es importantísimo comprender el trastorno, no tenerle miedo (que, como hemos visto, es fruto del desconocimiento de datos científicos, y no opiniones de nadie, y se soluciona empezando por aquí y profundizando en aquellas áreas que más temamos) y trabajar a corto, medio y largo plazo para ir mejorando las problemáticas que surgen por el mismo. Para ello, deberemos no sólo intentar practicar las habilidades más disfuncionales, sino hacer adaptaciones del entorno y de los elementos que se requieran.

Por último, si tienes alguna duda, escribe a un experto en la materia. Los que entendemos de TDAH solemos ser abiertos a compartir toda la información de la que disponemos. Y lo hacemos con estudios científicos en la mano, no sólo razonando los argumentos que damos. Si no lo hacen, sospecha, consulta una segunda o tercera opinión y decide con el máximo de información posible. Para ello, internet no es muy recomendable, dada la abundancia de información que hay, a menudo sesgada, de forma que es difícil filtrar si no existe un conocimiento mínimo previo de la materia. Y sé crítico, siempre, y con todo lo que te dicen.

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