La (mal llamada) era del TDAH

La (mal llamada) era del TDAH

Resulta curioso, y hasta incomprensible, cómo los profesionales de la salud (también los de la de la salud mental, por supuesto) nos vemos arrastrados por “modas”, “tendencias” y “presiones sociales”. Vivimos en una era donde rechazamos “etiquetar” a una persona (máxime si es niño) con el fin de no generarle un daño social irreparable, sin entender que los diagnósticos no fueron creados para la gente de a pie, sino para facilitar la comunicación entre profesionales. De igual manera, muchos términos psicológicos (“idiota”, “imbécil”, “retraso mental”, y quién si sabe si el siguiente será “hiperactivo”) han sido denostados, arrancando de cuajo y desposeyendo de una parte de cuerpo teórico a la ciencia de la salud mental. Pero mientras en algunos casos esa influencia social es para quitar y limitar la actividad científica, en otros casos se abunda en ella y se intenta (o se cree, al menos) de beneficiar en cierta manera estableciendo un término para algo que no lo es. Así ocurre, por ejemplo, con el TDAH, que se usa para etiquetar demasiado ligeramente a cualquier persona que se mueve, que se muestra inquieto o que no pone la atención donde desearíamos que la pusiera (sin muchas veces analizar funcionalmente si él mismo desea ponerla en ese objetivo). Así, podríamos hacer una larga lista de conductas (sanas y patológicas) potencialmente confundibles con una conducta típica de una persona con TDAH, aunque eso podría llevar no un libro, sino una enciclopedia completa. Ahora bien, si destripamos qué supone un diagnóstico de TDAH y, someramente, cómo se lleva a cabo hoy en día, veremos que es relativamente fácil establecer esa etiqueta...

El camaleónico TDAH

Hace un par de semanas daba una charla ante 300 profesionales de la Sanidad pública, la mayoría psiquiatras, dentro de las jornadas que anualmente celebra la Sociedad Española de Patología Dual en Bilbao (y ya van diez). Al terminar, uno de los psiquiatras presentes, Rodrigo Oraá (Coordinador del área de Adicciones de la Red de Salud Mental de Bizkaia) me hacía una interesante pregunta, muy presente en nuestras consultas y evaluaciones/diagnósticos: Si muchas patologías y eventos/condiciones pueden generar sintomatología TDAH (algunos incluso normales, como el no dormir, una gran ansiedad, etc.), ¿cómo hacemos el diagnóstico de TDAH, máxime, cuando hay necesidad (social, estamental, escolar, etc.) de diagnosticarlo…? ¿Cómo o para qué no caer en el diagnóstico “fácil” del TDAH? Y es que, efectivamente, la sintomatología TDAH son camaleónicos y están en muchos momentos de nuestras vidas. Otra cosa es que esos síntomas generen un cuadro de TDAH; otra cosa es que la etiología sea originalmente un trastorno neurobiológico. Discernir esto es lo que hace sumamente importante una buena destreza clínica en la evaluación y, en ello, es de suma relevancia la cognición (y por extensión, la neuropsicología). Veamos, brevemente, algunos casos (con nombres ficticios, por supuesto): Lucía sufrió abusos sexuales de su padre desde que tenía 4 meses de vida hasta la adolescencia, cuando fue detenido y encarcelado. Hoy en día es una chica adolescente que rara vez se puede concentrar en algo más que en aquello que llame poderosamente su atención, con excesivas dificultades para desplegar su capacidad intelectual y, por ello, un rendimiento escolar bajo. Si tenemos en cuenta que la mayoría de su vida ha discurrido...