El “arte” de la terapia

El “arte” de la terapia

No cualquier psicólogo ni terapeuta lleva a cabo una buena terapia, da igual si esta es psicoterapéutica, neuropsicológica o del tipo que sea. Y es que, además de una buena cualificación profesional (más allá del grado universitario), hace falta también unas cualidades personales, así como cierto trabajo personal con el que seguir formándose, saber qué técnicas usar y cuáles no, etc. Pero, ¿cómo detectar a quien no sabe hacer psicoterapia? Aunque a priori esto pueda parecer complicado para un paciente, hay algunas claves que pueden ayudarnos a detectar a quien practica el intrusismo profesional. Habilidades personales El psicoterapeuta (usamos indistintamente psicólogo y psicoterapeuta, aunque algunas entidades llaman a sus profesionales terapeutas con el objetivo de confundir a los pacientes y hacer ver que son psicólogos, cuando muchos no lo son) es un profesional observador y oyente, sobre todo. Es imprescindible que entienda y asimile cómo se comporta el paciente, sus valores, cómo es… cosa que el paciente manifiesta no sólo en los hechos que relata, sino también en cómo lo cuenta: el tono de voz, las palabras que usa, los gestos y las miradas, etc. Por ello, en muchas ocasiones, el psicoterapeuta se mantiene callado, más tiempo incluso del que se pasa hablando, porque el protagonista principal es el paciente, y es él quien (mediante las herramientas que le pueda ir dando el profesional) quien realizará los cambios. El psicólogo es un intermediario entre el paciente y su mejora. Por ello, a menudo el motivo por el que el paciente viene a consulta es sólo la punta del iceberg, un punto desde el que partir, pero subyace toda una...
La (mal llamada) era del TDAH

La (mal llamada) era del TDAH

Resulta curioso, y hasta incomprensible, cómo los profesionales de la salud (también los de la de la salud mental, por supuesto) nos vemos arrastrados por “modas”, “tendencias” y “presiones sociales”. Vivimos en una era donde rechazamos “etiquetar” a una persona (máxime si es niño) con el fin de no generarle un daño social irreparable, sin entender que los diagnósticos no fueron creados para la gente de a pie, sino para facilitar la comunicación entre profesionales. De igual manera, muchos términos psicológicos (“idiota”, “imbécil”, “retraso mental”, y quién si sabe si el siguiente será “hiperactivo”) han sido denostados, arrancando de cuajo y desposeyendo de una parte de cuerpo teórico a la ciencia de la salud mental. Pero mientras en algunos casos esa influencia social es para quitar y limitar la actividad científica, en otros casos se abunda en ella y se intenta (o se cree, al menos) de beneficiar en cierta manera estableciendo un término para algo que no lo es. Así ocurre, por ejemplo, con el TDAH, que se usa para etiquetar demasiado ligeramente a cualquier persona que se mueve, que se muestra inquieto o que no pone la atención donde desearíamos que la pusiera (sin muchas veces analizar funcionalmente si él mismo desea ponerla en ese objetivo). Así, podríamos hacer una larga lista de conductas (sanas y patológicas) potencialmente confundibles con una conducta típica de una persona con TDAH, aunque eso podría llevar no un libro, sino una enciclopedia completa. Ahora bien, si destripamos qué supone un diagnóstico de TDAH y, someramente, cómo se lleva a cabo hoy en día, veremos que es relativamente fácil establecer esa etiqueta...