Trastornos del Espectro Alcohólico Fetal (TEAF)

Los trastornos del espectro alcohólico fetal (TEAF) son un grupo de afecciones que pueden ocurrir en un bebé cuya madre bebió alcohol durante el embarazo (estudios preliminares muestran que incluso hasta 9 meses antes de que ocurra la concepción). Estos efectos pueden incluir problemas físicos, problemas de comportamiento y de aprendizaje, si bien ningún síntoma supone, por sí mismo, la constatación de que se da un TEAF. A menudo, una persona con un trastorno del espectro alcohólico fetal tiene una combinación de estos problemas.

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Dentro de estos trastornos, se comprenden 5 síndromes principalmente: el síndrome de alcoholismo fetal (SAF), el síndrome de alcoholismo fetal parcial (SAFp), el trastorno del desarrollo neurológico relacionado con el alcohol (TDNA), un trastorno neuroconductual asociado con la exposición prenatal al alcohol (ND-PAE) y los defectos de nacimiento relacionados con el alcohol (DNRA). Sin embargo, el DSM-V (el manual diagnóstico más usado en psicología y psiquiatría) sólo contempla el diagnóstico de ND-PAE, que abarca las áreas de comportamiento y salud mental del TEAF con y sin dismorfología física y requiriéndose para ello el deterioro en tres dominios funcionales: neurocognitivo (déficit en el rendimiento intelectual global, funcionamiento ejecutivo, aprendizaje, memoria y  razonamiento visoespacial), autorregulación y adaptativo. Los déficits asociados a estos dominios son heterogéneos y complejos y no existe un patrón único que se aplique a todos los afectados (Doyle y Mattson, 2015).

Todas las condiciones que comprenden los trastornos del espectro alcohólico fetal se derivan de una causa común, que es la exposición prenatal al alcohol. El alcohol es extremadamente teratogénico (un agente teratogénico es una sustancia, agente físico u organismo capaz de provocar un defecto congénito durante la gestación del feto). Sus efectos son amplios e irreversibles. Aunque las cantidades más altas de exposición prenatal al alcohol se han relacionado con una mayor incidencia y gravedad de los trastornos del espectro alcohólico fetal, no hay estudios que demuestren una cantidad segura de alcohol que se pueda consumir durante el embarazo. Tampoco existe un momento seguro durante el embarazo en el que se pueda consumir alcohol sin riesgo para el feto. El alcohol es teratogénico durante los tres trimestres. En resumen, cualquier cantidad de alcohol consumida en cualquier momento durante el embarazo tiene la causa potencial de un daño irreversible que puede conducir a un trastorno del espectro alcohólico fetal.

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Se conocen algunos factores de riesgo, si bien aún queda mucho por investigar al respecto:

  • Las mujeres mayores de 30 años con un largo historial de consumo de alcohol tienen más probabilidades de dar a luz a un bebé con síndrome de alcoholismo fetal.
  • Nutrición pobre
  • Tener un hijo con síndrome de alcoholismo fetal aumenta el riesgo de tener hijos posteriores
  • Las mujeres con susceptibilidad genética que pueden metabolizar el alcohol lentamente pueden tener un mayor riesgo

Si bien resulta paradójico, en países desarrollados supone la causa adquirida y evitable más frecuente, llegando a afectar a 2 recién nacidos por cada 1000 nacimientos. Y es que en nuestra cultura, el arraigo del alcohol y su uso y abuso habitual suponen el principal escollo a salvar con el fin de bajar la tasa de casos de TEAF, que va en aumento en los últimos años, pese a la bajada en el número de adopciones internacionales que se ha dado. Así, los niños de acogida y adopción, sobre todo de adopción internacional (con una prevalencia de TEAF que puede llegar al 50%), a menudo pueden sufrir traumas tempranos, de separación y falta de atención y estimulación temprana, que se superponen a los propios del TEAF. Por ello, tienen notoria probabilidad de un diagnóstico comórbido con TEAF de trastorno de apego reactivo o trastorno de estrés postraumático después del abandono. Por ello, el TEAF es un trastorno de habitual confusión con otros trastornos con una alta prevalencia e incidencia, como resulta también en el caso del TDAH, donde los síntomas de hiperactividad e impulsividad suponen una presencia habitual en ambos trastornos. Los trastornos comórbidos descritos con el TEAF, junto a otros de diferente índole (discapacidad intelectual, anormalidades del sueño, trastorno del lenguaje, problemas de aprendizaje, trastorno bipolar, algunas características del autismo, fobias específicas,…) se presentan en combinaciones muy diferentes. Esta diversidad de alteraciones junto al gran desconocimiento del TEAF en los profesionales de salud mental, favorecen que el TEAF se diagnostique exclusiva y/o erróneamente como condiciones comórbidas, contribuyendo a la amplificación de los daños existentes en los afectados y provocando nuevos perjuicios. Por tanto, es imperativo dominar el diagnóstico diferencial, además de la detección precoz (Brown et al., 2018).

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Una vez que un profesional de atención primaria tiene una fuerte sospecha de TEAF, éste debe derivar a su paciente a un equipo de especialistas para descartar otras posibles afecciones y hacer un diagnóstico definitivo, que supone a menudo un procedimiento por descarte. La composición de este equipo multidisciplinar de diagnóstico varía según la edad del paciente, pero en general incluye un pediatra y/o médico que puede tener experiencia en TEAF y un neuropsicólogo especialista en habla y lenguaje, de forma que un profesional de la logopedia a menudo también puede aportar en el mismo.

Con la edad, las deficiencias expuestas para los tres dominios funcionales se muestran de manera diferente y se superponen con los otros trastornos comórbidos, de tal manera que pueden promover una serie de afecciones y discapacidades secundarias, como problemas de salud mental, fracaso escolar, problemas con la justicia, comportamiento sexual inapropiado, adicción al alcohol o drogas, vida dependiente, problemas con el empleo, o llevar al suicidio. Por tanto, el diagnóstico y el tratamiento tempranos pueden reducir el riesgo de esas discapacidades adicionales y de sus lesivos resultados adversos, especialmente en lo que a la dinámica del neurodesarrollo se refiere, y teniendo en cuenta el cierre temprano de la mayor potencia de la plasticidad cerebral, lo que hace que más adelante sea más difícil rehabilitar los déficits cognitivos y, con ello, la disfuncionalidad que se puede provocar. En definitiva, si existe una detección precoz, se puede trabajar ayudado con la plasticidad cerebral con el objetivo de recuperar al máximo de las posibilidades los déficits cognitivos, evitando también otros a medio-largo plazo y, con ello, problemas a nivel social y relacional, entre otros.

Brown J., et al. (2018). Fetal alcohol spectrum disorder (FASD): A beginner’s guide for mental health professionals. J. Neurol. Clin. Neurosci., 2(1):13-19

Doyle, L.R. & Mattson, S.N. (2015). Neurobehavioral Disorder Associated with Prenatal Alcohol Exposure (ND-PAE): Review of Evidence and Guidelines for Assessment. Curr. Dev. Disord. Rep., 2(3): 175-186

Hagan JF, Balachova T, Bertrand J, et al. (2016). Neurobehavioral Disorder Associated With Prenatal Alcohol Exposure. Pediatrics, 138(4)

Kelly D. Coons-Harding, et al. (2019). Assessing for fetal alcohol spectrum disorder: a survey of assessment measures used in Alberta, Canada. J Popul Ther Clin Pharmacol, 26(1):39-55

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